lunes, 31 de agosto de 2009

Pasteles que saben a camas deshechas y a canciones de kurt cobain


Recorre la habitación desnuda. Encuentra el vestido, las medias, una cinta que acostumbra sujetarse al cuello, le ve con una almohada en la cabeza para evitar las voces que entran por la ventana. A esta hora todos los niños van a la escuela y sus grititos se proyectan en el infinito de la audición. Lo que mas le gusta es el color de su piel, porque parece hecha con zumo de mandarina y de naranja, cuando le tocaba con los dedos de la mano izquierda inmediatamente los labios le sabían a cítrico y a jugo de piña en el rascacielos.

Podes perderte al final del bosque. Un beso más en la mejilla y a dormir.


lunes, 24 de agosto de 2009

Todavía le duele.

Las noches en un bar pequeño, una de esas canciones que sabes que conoces pero no recuerdas la letra ni el artista ni la emoción de las guitarras, solo esta ahí, como un cuadro de Remedios Varo, esperando para hacerse polvo.

Se marcho por que ella tenía miedo de enamorarse, porque tenía miedo de apuntar la pistola al revés. Un automóvil te espera a la salida de todas partes. No hay anuncios que declaren la guerra, no hay misiles que estallen en tórax.

Todavía le duelen las canciones, los inviernos, los paraguas rotos, los poemas dibujados en la mesa de un bar, le duelen los besos en la mejilla y las cervezas derramadas sobre sus faldas y sus medias de nylon.

Todavía anhela haber despertado a su lado, con el otoño partido, con los cristales empañados de humo y vapor.

lunes, 17 de agosto de 2009

Y una cosa más.

Cuando salió de casa, olvidó que debía llamarla para recordarle las pinturas. Ya era tarde y no tenia animo de subir las escalas a toda prisa para escuchar el repiqueteo de una línea vacua. La llamaría cuando llegara a la estación. Mientras tanto va calle arriba, con el sombrero y el pantalón de un viejo amigo. Piensa que quizá todo iría mejor si ella no fuera tan imponente. Si ella no exigiera tantas botellas de tequila y tantos cigarrillos en una noche. Pero como no recordarla cuando tarareaba esas canciones de los años 60 al otro lado de la línea. Eso le alegraba el día, por muy nublado que estuviese.

En la estación la gente camina de prisa. Con el tiempo girando sobre sus pasos, y la velocidad escondida en las escopetas de sus ojos.

Un teléfono publico, siete números que revelan la particularidad de la química y la matemática, una vocecita recién levantada y un café apunto de hervir. Era eso lo que tenía en mente. En la fila para las llamadas, una mujer discute en el teléfono. Reclama una palabra que se riega aquí y allá pero no en ese desconocido con el que habla. Le pide explicaciones. Le pide la ubicación de una ciudad imposible de encontrar. Le hace gestos como si el sujeto pudiera verla. Luego se echa a reír, como una histérica que no puede hacer más, que lanzarse al vacio y gritar en carcajadas.

-Y una cosa más, las llaves las puedo tirar desde un precipicio y mis tacones no se doblarían.-

sábado, 15 de agosto de 2009

si algún día llegamos repentinos a la casualidad

dile que las agujas forman laberintos y lineas paralelas cuando se dejan caer de un polo y el invierno se entorpece en la mirada.
nunca sabe hacia donde esta el sur. mira sus piernas y desconfia de las brujulas y de las frutas con nombre asimetrico.
tiene el cabello corto.
tiene las esquinas de su cuerpo regadas por doquier. mañana le veran en un circo silbando freneticamente.

el polvo le inunda las ganas de buscar una salida, una emergencia urgente que no requiera monedas o cifras imposibles de distorsionar con los labios.
su memoria es un bosque encantado donde se producen combustiones y aceleraciones nerviosas.

lunes, 10 de agosto de 2009

decides mirar al frente para enjugar los sonidos

Y así vas lanzando los dados por todo el mundo sin ganar una sola apuesta. Caen kamikazes, se derrumban las paredes y un minuto antes de que el mundo deje de girar él enciende sus siete radios. Todos en sintonía diferente. Es un escándalo aquella habitación. Pero si miras con detalle, sus pantalones rasgados, su mirada cansada, sus manos agrietadas en vino y cerveza te das cuenta de que un silencio flota en medio del estruendoso desorden.

Tiene una cama chueca y una mesa destartalada. No es ni un caballero ni un vagabundo, es simplemente un hombre al que el horizonte le tuerce los arcoíris y los otoños. Tiene botellas en cada rincón y ceniceros oxidados. El techo esta apunto de colisionar y sus oídos cada vez están más deteriorados. Hay una maquina de escribir también y un cuadro de Picasso.

Siempre se acerca a la ventana cojeando, con un cigarrillo torcido. Mira al hombre que pinta distorsionado. Cree que es un artista que perdió la voz y el pasado. Es un espectador sin armas ni lapiceros. A veces trabaja de carnicero. Otras veces sale de paseo con un cuchillo en el maleta roja que usa los domingos.

El artista y el espectador forman una línea que divide el caos, donde una mujer hace malabares y siente frio en la madrugada.

sábado, 8 de agosto de 2009

Cerraba los ojos para hablar

Le veía siempre en un ángulo compuesto por matrices de cerveza y de humo. Buscando la humedad con las pupilas y las grietas con la superficie de sus manos.

Se apoyaba en las piernas y sorbía un poquito de café. Se quedaba en pijama hasta el medio día, mirando siempre con el cuello tembloroso, aunque en los días de lluvia no sabia como enfocar el arco directo de sus cuchillos globales. Su cuarto, el de ella, era pequeño, como una caja de fósforos donde caben cien mil cigarrillos y una tonelada de decepciones. Sus padres le mandaban dinero desde Francia. No trabajaba, dormía poco, se aferraba a las botellas como quien esta a punto de resbalar en un precipicio, su cabello era desteñido, parecido a los días nublados, su voz era interminable y coqueta, le gustaba un café en la mañana y otro en la noche. No follaba los domingos, de siete a doce miraba por la ventana y alcanzaba a fumarse quince cigarrillos todos remojados en gotas de cafeína discreta.

No se enamoro por cazar pájaros en la infancia, en la niñez no sabia como hacerlo y se dedico a las escopetas.

Habla poco y mira mucho, su único amigo es el viejo del bar, que atiende en el puesto de frutas en la mañana. Aquel hombre de traje mundano y manchado por la embriaguez de desconocidos amateur.

un artista mudo

Tímido pero severo. Friolento en las montañas y en la oscuridad de los desiertos. Son los trozos de recuerdo que tiene de su padre. Cuando hablaba en la mesa lo hacía con voz temblorosa y con espinas en los alveolos. Al igual que cuando aceptaba una copa, se volvía un desequilibrio constante como si tuviera agujeros negros en cada dedo. Antes de morir le regaló la colección de Balzac y de Ella Fitgerald, como una herencia romántica y bonita sumergida en los iceberg de Alaska. Después de morir, no hizo más que recorrer las tiendas de frutas, le gustaba imaginarse el origen de las manzanas, la leyenda de los melocotones, le gustaba creer que tal vez el lobo le ofreció a caperucita un cesto de frambuesas y un paquete de lucky strike.

Nunca fue a la escuela. No era necesario, la educación que necesitaba estaba en casa, junto a su madre. De ella poco hay que decir, era pianista y refinada. No le gustaban las mandarinas ni los duraznos, le tenía fobia a las hormigas y al acido ascórbico. No hablaba demasiado, cuando necesitaba una conversación con ella simplemente rozaba las teclas del piano y la miraba, sentada en su sillón con el periódico en las manos. Entonces ella interpretaba alguna melodía, y finalmente le daba un beso en la mejilla o cerca de los ojos y él entonces se iba con un fuerte olor a mujer y una huella de labial en el rostro.

Recién cumplidos los veinte años viajó por primera vez. En tren y con la maleta vieja de su padre. Sabía que no regresaría, pero con la mirada le había dado a entender a su madre que solo eran dos o tres días por variar. Pero no volvería. Nada había quedado en aquel pueblo perdido en la geografía de sus zapatos, excepto un silencio superfluo que se convertía en humo y cenizas después de las diez de la noche, que lo hiciera regresar.

No supo cuando dejo de hablar. Simplemente su voz quedó atorada en alguna telaraña ruidosa. Entonces comenzó a pintar. Pintaba mujeres fragmentadas, con trozos de fruta bajo el labio o bajo la pelvis. En posiciones incomodas, incluso para él, que era el pintor.

Olvidó los trenes y la obsesión por enviarle cartas a su madre. Olvidó la tienda de frutas donde trabajó algún tiempo. Exactamente se dejo contener en la humedad de su cuarto, en los golpes secos de la dueña de la pensión. Perdió peso y memoria, perdió piel y afinidad en sus pupilas.

Un hombre lo ve a lo lejos, retraído en sus pinturas, flaco y sucio, con los mismos pantalones de siempre, sin afeitar y con la espalda cada vez mas encorvada. Siempre junto a la ventana, fuma y observa. Piensa en cohetes mientras le ve allí, sin hacer nada. Se inventa una historia diferente cada noche. Sobre el pasado de ese hombre. Aunque a leguas se le ve, que ese hombre nunca tuvo voz ni pasado.