sábado, 8 de agosto de 2009

Cerraba los ojos para hablar

Le veía siempre en un ángulo compuesto por matrices de cerveza y de humo. Buscando la humedad con las pupilas y las grietas con la superficie de sus manos.

Se apoyaba en las piernas y sorbía un poquito de café. Se quedaba en pijama hasta el medio día, mirando siempre con el cuello tembloroso, aunque en los días de lluvia no sabia como enfocar el arco directo de sus cuchillos globales. Su cuarto, el de ella, era pequeño, como una caja de fósforos donde caben cien mil cigarrillos y una tonelada de decepciones. Sus padres le mandaban dinero desde Francia. No trabajaba, dormía poco, se aferraba a las botellas como quien esta a punto de resbalar en un precipicio, su cabello era desteñido, parecido a los días nublados, su voz era interminable y coqueta, le gustaba un café en la mañana y otro en la noche. No follaba los domingos, de siete a doce miraba por la ventana y alcanzaba a fumarse quince cigarrillos todos remojados en gotas de cafeína discreta.

No se enamoro por cazar pájaros en la infancia, en la niñez no sabia como hacerlo y se dedico a las escopetas.

Habla poco y mira mucho, su único amigo es el viejo del bar, que atiende en el puesto de frutas en la mañana. Aquel hombre de traje mundano y manchado por la embriaguez de desconocidos amateur.

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