sábado, 8 de agosto de 2009

un artista mudo

Tímido pero severo. Friolento en las montañas y en la oscuridad de los desiertos. Son los trozos de recuerdo que tiene de su padre. Cuando hablaba en la mesa lo hacía con voz temblorosa y con espinas en los alveolos. Al igual que cuando aceptaba una copa, se volvía un desequilibrio constante como si tuviera agujeros negros en cada dedo. Antes de morir le regaló la colección de Balzac y de Ella Fitgerald, como una herencia romántica y bonita sumergida en los iceberg de Alaska. Después de morir, no hizo más que recorrer las tiendas de frutas, le gustaba imaginarse el origen de las manzanas, la leyenda de los melocotones, le gustaba creer que tal vez el lobo le ofreció a caperucita un cesto de frambuesas y un paquete de lucky strike.

Nunca fue a la escuela. No era necesario, la educación que necesitaba estaba en casa, junto a su madre. De ella poco hay que decir, era pianista y refinada. No le gustaban las mandarinas ni los duraznos, le tenía fobia a las hormigas y al acido ascórbico. No hablaba demasiado, cuando necesitaba una conversación con ella simplemente rozaba las teclas del piano y la miraba, sentada en su sillón con el periódico en las manos. Entonces ella interpretaba alguna melodía, y finalmente le daba un beso en la mejilla o cerca de los ojos y él entonces se iba con un fuerte olor a mujer y una huella de labial en el rostro.

Recién cumplidos los veinte años viajó por primera vez. En tren y con la maleta vieja de su padre. Sabía que no regresaría, pero con la mirada le había dado a entender a su madre que solo eran dos o tres días por variar. Pero no volvería. Nada había quedado en aquel pueblo perdido en la geografía de sus zapatos, excepto un silencio superfluo que se convertía en humo y cenizas después de las diez de la noche, que lo hiciera regresar.

No supo cuando dejo de hablar. Simplemente su voz quedó atorada en alguna telaraña ruidosa. Entonces comenzó a pintar. Pintaba mujeres fragmentadas, con trozos de fruta bajo el labio o bajo la pelvis. En posiciones incomodas, incluso para él, que era el pintor.

Olvidó los trenes y la obsesión por enviarle cartas a su madre. Olvidó la tienda de frutas donde trabajó algún tiempo. Exactamente se dejo contener en la humedad de su cuarto, en los golpes secos de la dueña de la pensión. Perdió peso y memoria, perdió piel y afinidad en sus pupilas.

Un hombre lo ve a lo lejos, retraído en sus pinturas, flaco y sucio, con los mismos pantalones de siempre, sin afeitar y con la espalda cada vez mas encorvada. Siempre junto a la ventana, fuma y observa. Piensa en cohetes mientras le ve allí, sin hacer nada. Se inventa una historia diferente cada noche. Sobre el pasado de ese hombre. Aunque a leguas se le ve, que ese hombre nunca tuvo voz ni pasado.

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