lunes, 17 de agosto de 2009

Y una cosa más.

Cuando salió de casa, olvidó que debía llamarla para recordarle las pinturas. Ya era tarde y no tenia animo de subir las escalas a toda prisa para escuchar el repiqueteo de una línea vacua. La llamaría cuando llegara a la estación. Mientras tanto va calle arriba, con el sombrero y el pantalón de un viejo amigo. Piensa que quizá todo iría mejor si ella no fuera tan imponente. Si ella no exigiera tantas botellas de tequila y tantos cigarrillos en una noche. Pero como no recordarla cuando tarareaba esas canciones de los años 60 al otro lado de la línea. Eso le alegraba el día, por muy nublado que estuviese.

En la estación la gente camina de prisa. Con el tiempo girando sobre sus pasos, y la velocidad escondida en las escopetas de sus ojos.

Un teléfono publico, siete números que revelan la particularidad de la química y la matemática, una vocecita recién levantada y un café apunto de hervir. Era eso lo que tenía en mente. En la fila para las llamadas, una mujer discute en el teléfono. Reclama una palabra que se riega aquí y allá pero no en ese desconocido con el que habla. Le pide explicaciones. Le pide la ubicación de una ciudad imposible de encontrar. Le hace gestos como si el sujeto pudiera verla. Luego se echa a reír, como una histérica que no puede hacer más, que lanzarse al vacio y gritar en carcajadas.

-Y una cosa más, las llaves las puedo tirar desde un precipicio y mis tacones no se doblarían.-

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