martes, 22 de septiembre de 2009

Un cohete y una llamada que se cortan en otoño.

Bajó al sótano con un temblor de pies a cabeza; el ruido de las escaleras entraba a su sangre como copos de nieve ininterrumpidos, congelando todo cuanto habia, como las historias de un polo ambiguo.

Al encender la luz, la silueta de su voz traspasa los objetos y todo tiembla; tiemblan por transmisión, por inercia.

Hacia meses no bajaba al sótano, hacia meses no recordaba los dibujos de cohetes.

Sus viajes a planetas inventados, donde en vez de agua y grietas había cerveza y poemas de Bolaño.

La silla esta mal puesta dentro del pequeño espacio, diagonal a la escalera.

Las paredes siguen conteniendo las manchas, como la respiración de un anciano bajo el agua.

Abre un paréntesis dentro de su consciencia para traer al sótano jarrones rotos y la voz de una mujer desde el cuarto de baño.

La pólvora no funcionó en sus cohetes, sino en la separación de sus brazos cuando la ausencia se superpone.

Después de cerrar el paréntesis, se sienta sobre la mesa, con las piernas colgando como cuadros a punto de flotar; fueron maravillosos los días en que dibujaba y soñaba con viajar descalzo, entre masas estelares.

El temblor permanece en su cuerpo, pero ni el sótano ni los objetos tiemblan ya.

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