sábado, 31 de octubre de 2009

9.53 (los gatos caen con frio en sus ronroneos)

Llueve. Deja la taza con el café de todas las mañanas sobre la mesa. Piensa en que quizá haya otra noche en que ella vuelva y que todo se repita sin que ambos simbolicen el frio bajo unas cuantas palabras de coquetería. Todavía escucha la respiración de ella a su lado, todavía siente en el pecho esas huellas de carmesí y de murmullos inentendibles.
Cuando era niño le gustaba leer cuentos sobre astronautas y le gustaba dibujar estrellas que colisionaban en los ojos de las niñas que usaban vestidos de flores. Siempre le gustaron los vestidos de flores y el color de las amapolas. Recuerda que su madre le decía: no Sam, el segundero no es una nave que te lleva a otras galaxias, el segundero es un gánster que siempre da en el blanco y que aprieta el gatillo con la mirada puesta en otro horizonte.
Pero ahora que esta en casa, con el café helado y la camisa roja que tanto le gusta, piensa en el segundero como ese oasis dormido que lleva bajo la manga siempre que quiere jugar. Ahí viene Sara con los el maquillaje descompuesto y la sonrisa llena de batallas.
Esa mujercarretera no deja de impresionarle.

martes, 27 de octubre de 2009

duele cuando hace frio

Simone siempre quiso aprender a patinar, era su sueño cuando era niña, si le preguntabas que quería ser cuando fuera grande contestaba con una maraña de ideas que conducían siempre a una pista de hielo y aun par de patines fucsia. Pero por casualidades y porque el tiempo al final también se desborda no pudo ser patinadora.
A los doce quería un saxofón, pero por error de sus labios y por la entropía de sus dedos no supo tocarlo.
Simone es ahora de esas que se ríe con nostalgia y con los ojos entornados en otro lado del mundo. Tiene una cicatriz en el cuello de cuando tocaba violín, esa última es la única que duele cuando hace frio, las otras cicatrices se congelaron con el tiempo o simplemente se fueron en ese viaje sin regreso al que ahora quisiera embarcarse sin afán.
Camina sobre tacones rojos y se pone vestidos con los escotes más exóticos del mundo. Es una mujer-semaforoenrojo que no sabe de literatura ni mucho menos de física moderna.

lunes, 19 de octubre de 2009

allí donde esta ella ahora.

Dicen que el frio hace grietas en las palabras y convierte los recuerdos en hojalata, que cuando miras el hielo, los huesos se estremecen y un escalofrío rompe los paréntesis más ocultos.

Por eso se cubría los hombros y encendía un cigarrillo, y otro, y otro mas, todos a la vez, para que el cuerpo y las palabras flotaran en un clima cálido, como ese del desierto, cálido y amarillo, tan amarillo que vuelve la retina humo.

Cuando caza amantes efímeros se lleva esa chaqueta roja que le queda de maravilla. Si te apoyas en el cuello escucharas una canción de esas que lanzan papeles desde la azotea.

Una taza de café y ahora es una chica complicada y triste que brinda con los ojos cerrados y con los días comprimidos en los tacones.

jueves, 15 de octubre de 2009

amantes de uva pasa

No te ocurre en las mañanas, que cuando abres los ojos, es como si un maldito nido de pájaros estuviera en las pestañas, como si todos revolotearan en un apocalipsis cerrado y saz! Solo de nuevo, como un país que no deja marcas en la suela de los zapatos. Hace falta ser mas especifico para construir caleidoscopios y holografías de mujeres que huelen a uva pasa.
Se rindió, como un tren que se desborda entre el pecho y el ombligo. Hace días pasó por aquí Sam, pregunta que si quieres café en un pocillo que lo ha visto todo. Dice también que cuando regreses te regalara una mansión fantasma, para que te cuente historias de esas en las que cuelgan gánster e hipopótamos rosados. Pero ambos sabemos que ni vos ni nosotros regresaran de este lio en el que estamos.

domingo, 11 de octubre de 2009

Puedes verle hasta la rodilla si te acercas un poco más a la ventana

A veces le espiaban desde el tercer piso, siempre con las manos pegajosas de azúcar y de chocolate. Se asomaban a la ventana que había en el sótano, una pequeña, por donde solo veías los pasos de la gente. Y sabían perfectamente la hora en que ella pasaba, siempre de vestido, como en los años 50, con tacones negros y piernas que definían el mundo en una dualidad dispersa. Sabían en que estación del año estaban por su forma de caminar. Ellos permanecían allí, esperanzados por esa mujer anónima y extranjera a la que nunca le habían mirado a los ojos, a la que solo le miraban los pasos y un poco mas desde los otros rincones de la casa. Se la imaginaban con el cabello hasta los hombros, con los pechos firmes y una sonrisa que coincide con el tiempo, se la imaginaban de cuerpo entero con una revista en las manos y el mundo alrededor de ella en un desorden continuo.

Ocurrió que un día la mujer que despertaba en ellos una acumulación constante de palpitaciones amplificadas, dejo de pasar por allí. La calle de pronto dejo ese sabor a viaje que desprendía ella tras de si. Pero el tiempo se prolongo, y ya no valía la pena mirar a través de la ventana, ya no se concentraban todos en un mismo rincón para verle pasar.

Y desde entonces se dedican a visitar parques y circunferencias, para recordar esa dama que caminaba abatiendo un mundo, estimulando la mirada y el tacto de la ventana desde otra dimensión.

lunes, 5 de octubre de 2009

Era flaca y los martes llevaba el cabello de color rojo.

Con sus vestidos siempre anchos y las uñas rasgando el viento, caminaba por una línea invisible, una línea que le separaba de todos los polos próximos a existir. Entre sus labios mantenía la difracción atormentada en un piano que sonaba sin que nadie le prestase atención.
Siempre le veía los martes con el cabello rojo y los ojos delimitados por figuras geométricas difíciles de enredar. No volvió a verla desde la primavera, cuando los arboles se volvieron mas tristes y las canciones se interpretaban con una angustia mas afilada. Ahora que la recuerda, no sabe bien porque dejo de asomarse a la ventana.
El amor es sinónimo de magnetismo y huidas reciprocas con paraguas de muchos colores.