jueves, 26 de noviembre de 2009

Desde aquí no se ve nada

Ya no hay juegos de mesa en la casa que lo olvida todo. Ya no hay piernas sospechosas que pasan por el borde de las ventanas, como agujeros negros que se dejan atrapar en la nevera. A veces les da por mirar disimuladamente como si pudieran distinguirla entre retina- iris-córnea, todo una mujermisterio que camina con el polvo en forma de poema bajo la suela de los tacones.
En esa casa las sombras bailan blues para no caerse de espaldas y contra las lámparas que hablan de mecánica cuántica para matar el tiempo. A veces las pueden ver tomando limonada en los días calurosos, escondidas en el armario o bajo los nocheros.
Pero ellos ya no tienen mucho que decir, desde que ella no pasa. Es como si de pronto quien les llevaba en esa maleta con círculos polares se quedara en rojo y no hubiera ya ni carretera.

lunes, 23 de noviembre de 2009

hora pico

Se detiene entre autos y sonidos de claxon. En esa ciudad que respira otoños quemados. Se mira las manos y mira la ventanilla, al otro lado una mujer le sonríe. Tiene una coquetería en los labios que hace que se parezca a Sara. Vuelve la mirada a las manos y al parabrisas. Cuando un golpecito torpe en la ventana le saca del letargo, es ella, que le entrega un pedazo de papel, con un número que parece la clave para desactivar una bomba que podría acabar en un parpadeo todo el mundo. Debajo, un nombre ilegible. Le dice adiós con la mano.
Si no fuera lunes iría tras ella, tras ese auto, hacia la última habitación del último hotel en el fondo de una carretera polvorienta. Para escuchar los últimos gemidos que se parecerían de alguna manera a los de Sara, y esta vez no seria infidelidad porque estaría pensando realmente en ella y no en Simone mientras le besa.

jueves, 19 de noviembre de 2009

al polo norte de la cama

-Te has enamorado alguna vez, te has lanzado al abismo sin paraguas ni escopetas? Has mandado notas entre cigarrillos sin filtro?- pregunta él, y atrapa el humo con un ironía congénita.
-Ahora de lo que único que estoy segura es que unas manzanas son verdes y otras rojas, las amarillas siguen en vía de extinción.

martes, 10 de noviembre de 2009

Es necesario que se repita la historia

Y siempre terminaba hablando de lo mismo, con la sexta copa de tequila en la mano izquierda y un limón con sal en la derecha, nos decía, que podía ocurrir en cualquier rincón del mundo, con azúcar en la maleta y la imaginación invadida por hormigas y grillos que rayan el silencio y los pasos de la noche.
Era misteriosa, nadie lo niega, y todos nos entreteníamos mirándole las manos, ese vaivén de copa y limón, copa y sal, limón y copa. No puedes negar que Simone se vuelve encantadora después de pasados unos tragos, cuando habla con esa simpatía y como si pudiera darle la vuelta al mundo en un dos por tres.
Anoche le cambio unas cuantas comas y unos cuantos verbos a la historia que todos nos sabemos al derecho y al revés, pero es Simone la que hace que nos fascine esa chica ficticia, esa que va despeinada en invierno y con sombreros de colores en verano. Esa que se enamora de hombres con nombres cortos y camas que suspiran con el frio.
Ahora es Sam quien le mira perdidamente. Y es que todos sabemos que era ella quien se derretía y se quedaba con las palabras flotando en el rojo del labial. Ahora no.

sábado, 7 de noviembre de 2009

In the West.

Llevaba siempre en la chaqueta un cigarrillo, una caja de fósforos, un bombón y un dado rojo.
Se sentaba a susurrar las canciones de los años 90, para recordar los amantes que parecían hechos de acido sulfúrico. esos que llevaban alacranes en las piernas.
A veces también, entra a alguna tienda, pide una moneda al despachador y juega a la cara o sello, quien gane invita al otro a cerveza. Así pasaba las tardes, como arrojando azares que no se distinguían los unos de los otros, como cortando atardeceres con cuchillos rojos y electricidad magnética.

martes, 3 de noviembre de 2009

El exilio de las cometas.

Pone sus manos sobre los ojos de él y espera.
Cualquier palabra que se te venga en mente, a la cuenta de tres- Dice y se acerca para rozarle los labios con ese labial de fresa que huele a kilómetros.
Rieles, dice él después de que ella termina de pronunciar el tres como en un país echo de telarañas.
Ahora le toca a él. Le cubre el rostro con esas manos que parecen dibujadas en el polo norte, donde una pared con humedad, hace trazos y silencios color malva.
Café, dice ella, cuando él le besa en el cuello.
Jugaban y tenían estrategias para quedarse en casa y no tratar de desprender el techo o esconderse bajo la cama. Y cuando la imaginación se llenaba de iconoclastas, comían galletas para pasar el tiempo.