martes, 3 de noviembre de 2009

El exilio de las cometas.

Pone sus manos sobre los ojos de él y espera.
Cualquier palabra que se te venga en mente, a la cuenta de tres- Dice y se acerca para rozarle los labios con ese labial de fresa que huele a kilómetros.
Rieles, dice él después de que ella termina de pronunciar el tres como en un país echo de telarañas.
Ahora le toca a él. Le cubre el rostro con esas manos que parecen dibujadas en el polo norte, donde una pared con humedad, hace trazos y silencios color malva.
Café, dice ella, cuando él le besa en el cuello.
Jugaban y tenían estrategias para quedarse en casa y no tratar de desprender el techo o esconderse bajo la cama. Y cuando la imaginación se llenaba de iconoclastas, comían galletas para pasar el tiempo.

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