lunes, 23 de noviembre de 2009

hora pico

Se detiene entre autos y sonidos de claxon. En esa ciudad que respira otoños quemados. Se mira las manos y mira la ventanilla, al otro lado una mujer le sonríe. Tiene una coquetería en los labios que hace que se parezca a Sara. Vuelve la mirada a las manos y al parabrisas. Cuando un golpecito torpe en la ventana le saca del letargo, es ella, que le entrega un pedazo de papel, con un número que parece la clave para desactivar una bomba que podría acabar en un parpadeo todo el mundo. Debajo, un nombre ilegible. Le dice adiós con la mano.
Si no fuera lunes iría tras ella, tras ese auto, hacia la última habitación del último hotel en el fondo de una carretera polvorienta. Para escuchar los últimos gemidos que se parecerían de alguna manera a los de Sara, y esta vez no seria infidelidad porque estaría pensando realmente en ella y no en Simone mientras le besa.

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