domingo, 30 de mayo de 2010

un oasis y dos canciones de Gardel

Samantha. Llega una hora después de la acordada. Con el vestido que le cubre solo una parte del muslo y muy poco de los hombros. Pide ron con coca cola para variar, un cigarrillo amargo, porque según ella son los que dejan verdaderas huellas en los pulmones. Cruza las piernas con ese toque infantil que maneja, como si tuviese un plan entre manos, como si supiera los secretos de todo el mundo y los guardara en dinamita para asegurar. Creo que esta noche iremos a cine, luego de besarle el cuello la llevare a casa. Le daré café con leche y hablaremos de Bill Bryson antes de que decida regresar junto a Silvia, la única persona que puede derrotarla.

domingo, 16 de mayo de 2010

Historia de una mujerhumo y un hombre con rock and roll en las costillas

¿Fueron felices?
Posiblemente no. Ella tenía marcas de tristeza en la retina. El tenía las manos marcadas con un pasado lleno de golpes. Los veía sentarse en el parque a invadir los pulmones de humo y las risas de nostalgia. Ella siempre llevaba su mochila roja con amores fugaces.
Pero entonces, el día 68 algo paso. Todo lo que tocaba lo destruía, lo llenaba de humo hasta asfixiar las palabras, hasta hacer que el mundo cambiara las carcajadas por cajetillas de cigarrillo y tormentas en la mirada. Se fue con otro.
La vi otro par de veces por ahí, con un paraguas y la cabeza inclinada hacia el norte. Fumando más que nunca, llenando lo triste de la vida con nicotina y colores que giran la felicidad o la ahogan con tequila. Ya no llevaba la mochila roja como antes, ya no miraba los arboles como a punto de decirles cualquier poema que desgarra. El hombre, aquel del pelo suelto y rock and roll en todo el cuerpo, nunca lo volví a ver. Solo se que la mujerhumo el día 68 fue mas triste que antes, porque esta vez, no pudo obsequiar el dolor que llevaba dentro, sino que robo heridas, robo grietas internas y las canciones mas hondas del mundo. Allí se quedo, dentro de unas guitarras rayando la poca luz que salia de las colillas.

lunes, 10 de mayo de 2010

Lleva el pantalón desajustado y la blusa se le escurre en los hombros. Son las 6.02 am. Un tren que viaja al norte, un norte perdido en las líneas de las manos. Y esas líneas… no sabe desde cuando las trazó, cualquier día despertó con ellas tatuadas en la acidez de su epidermis. Sí, esa palabra que no recordó anoche, piensa. Otro tipo con la mirada perdida en una Irlanda que ya no existe. Irlanda. Otra vez camina sobre el borde de una esfera sin perspectiva. Esta vez ira a casa de Silvia, se acostara en la cama y soñara con perros callejeros, perros que saben de geografía e historia. Hace mucho tiempo no bebía tanto café ni inhalaba la nicotina de otros. No esta ebria ni con sobredosis de tristeza. Hoy no ha olvidado nada, ni sus huracanes ni sus cataclismos. Todo lo lleva puesto en el lugar perfecto, justo donde encajan esas ganas de salir corriendo dejando atrás todas las puertas abiertas. Una ventana es lo que necesita, una ventana y un pasadizo que la lleve a un invierno sin paraguas.