lunes, 10 de mayo de 2010

Lleva el pantalón desajustado y la blusa se le escurre en los hombros. Son las 6.02 am. Un tren que viaja al norte, un norte perdido en las líneas de las manos. Y esas líneas… no sabe desde cuando las trazó, cualquier día despertó con ellas tatuadas en la acidez de su epidermis. Sí, esa palabra que no recordó anoche, piensa. Otro tipo con la mirada perdida en una Irlanda que ya no existe. Irlanda. Otra vez camina sobre el borde de una esfera sin perspectiva. Esta vez ira a casa de Silvia, se acostara en la cama y soñara con perros callejeros, perros que saben de geografía e historia. Hace mucho tiempo no bebía tanto café ni inhalaba la nicotina de otros. No esta ebria ni con sobredosis de tristeza. Hoy no ha olvidado nada, ni sus huracanes ni sus cataclismos. Todo lo lleva puesto en el lugar perfecto, justo donde encajan esas ganas de salir corriendo dejando atrás todas las puertas abiertas. Una ventana es lo que necesita, una ventana y un pasadizo que la lleve a un invierno sin paraguas.

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