lunes, 18 de octubre de 2010

Iba todas las noches a beber ginebra. En silencio sentía el blues deslizándose bajo su camisa. Era una puta de esas sin clase pero mantenía la cordura en el punto exacto. Sabia leer y escribir. Pero no recordaba sumar ni hacer nada inteligente con los números. La primera vez que fue a la playa rapto una concha de mar y la conservó hasta los diecisiete años. No era una de esas mujeres tristes ni alegres, era alguien estable en cuanto a emociones. Ejercía la profesión porque le gustaba, por el azar, porque los vicios abarcan ciertas situaciones y te hacen caer de golpe sin que te des cuenta.

A ella no le ocurre nada fuera de lo común, nadie le espera en casa con la comida caliente o dos copas de vino. Nadie le llama nunca. No le gusta saber la hora. Odia los relojes y la gente que siempre va de prisa. A veces se queda pensando en lo bueno que seria pasar la noche en un desierto. Sin nada que le cubriese el cuerpo. Soportar el frio más insoportable y luego regresar a su vida, como si todo aquello nunca hubiera pasado.